lunes, 29 de noviembre de 2010
Entre 19 y la calle de La Paz
En una cruda mañana de invierno, mis ojos se despertaron al ver el vapor que sobresale de una alcantarilla en 19. Me quedé detenidamente observando las formas que dibujaba en el aire mientras caminaba sobre el duro asfalto. Una asombrosa tranquilidad se esparció en el ambiente, se podía escuchar el crujir del pasto escarchado en mis pisadas y el dulce sonido de los pájaros se oía como música de fondo. Una brisa helada penetró en mi piel cuando un rayo de sol cayó sobre las pocas hojas descoloridas de un fresno que se hallaba solitario. Unas pocas cuadras más adelante, un perro desgarraba las bolsas de basura olvidadas en la calle. Seguí recorriendo el camino de La Paz cuando el ruido seco de una bocina invadió mis oídos. Desplazándose, el artefacto tecnológico con ruedas continuó el oscuro gris del suelo, dejando en su recorrido el intoxicante olor a nafta esfumándose en el aire. Así fue que tropecé de repente con el llamado de la realidad cotidiana.
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