lunes, 17 de noviembre de 2008
Uno, dos
Todo se va y va dejando lo más lindo y más preciado... una libertad sin cadenas. Cada fin tiene un principio, y éste, te puedo asegurar que es mejor que el anterior. Yo sé que vas y venis, ave cantora de plumas negras, jamás vas a volar tan alto si éste viento no te ayuda a subir. Vos sabés lo que va a venir, si baldosas flojas dejás, en tus huellas de caminar para que no me olvide por dónde ir. No envenenes tu mente con tus mañanas y pasados, no te engañes a vos mismo, si sabés lo que querés. Tenés un efecto sumamente poderoso sobre mi: me hacés sentir sin vida, sentir la muerte en tan sólo cuestión de segundos. Tocar las manos glacialmente frías, respirar el alma vacía, conocer los ojos ciegos y contemplar los labios que se quedaron sin oportunidad de decir nada. Y simultáneamente revivirme al sentir el soplo de tu aliento, aire fresco que me despierta en vuelos. Cuando volás intentádolo sólo (como nunca el ego arriba siempre tenés), mi utopía logra no existir en exactitud. Me dibujé capaz, sin pensar, un capricho ¿ tan malo es querer una vida feliz ?, me desgastan tus equivocaciones, porque sólo piás desciluciones y no llegás a morir en mi corazón. Es una puta verdad que al fin y al cabo nunca lográs ver y aunque esté en la puerta de tu casa, invisible está. Pueden pasarme miles de cosas, pero cuando mis ojos no llegan a ver el Sol, mi boca no llega a reir alegría y mi mente no despeja lo nublado de mi corazón, es porque estoy en la parada del 273 (sin esperar nada) en la esquina de tu casa viendo gotas caer y verás que ésta vez no son del Cielo. No espero motivos nuevos, solo tu voz que no soporto.
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